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Diecisiete años

El sol sobre mi cabeza me estaba provocando jaqueca. El sendero que estaba recorriendo apenas tenía árboles que pudieran dar una sombra decente. Había esperado al atardecer, pero el calor no había dado tregua. Las cigarras amenizaban la caminata con su incesante canto. El chirriante sonido reavivó los recuerdos. —Hay un tipo de cigarras que emerge del suelo cada diecisiete años. —¿Cómo demonios sabes eso? —pregunté, riéndome por el absurdo dato. —Lo habré leído en alguna parte —dijo, encogiéndose de hombros. No pude responder. Algo chocó contra nuestro coche, destrozándolo con nosotros dentro. Desperté días después, drogado hasta las cejas y aun así sintiendo dolor. Llegué a la cima, donde terminaba el sendero. Abrí mi mochila y saqué la urna con sus cenizas. Se levantó el viento, y se llevó sus restos por todo el valle. Las cigarras se despidieron de él sin dejar de tocar su canción.

La Puerta

  Abel sumergió sus manos en la pila llena de agua y acercó su cara para quitar los restos de espuma de afeitar. Había tardado más en afeitarse de lo que había calculado y eso le molestó profundamente. El horario era estricto. Había motivos más que suficientes para no saltárselo. Cogió su reloj de pulsera, que tan cuidadosamente había colocado al lado de la pila, y se lo colocó en su muñeca. El baño era la única habitación de la casa que tenía luz. No porque en ella funcionara la electricidad, sino porque a través de una minúscula claraboya entraba la luz de una farola solitaria. Cada vez que entraba al baño, Abel se recriminaba el hecho de no haber arreglado aún el panel eléctrico. Llevaba meses estropeado, pero no conseguía encontrar tiempo suficiente para solucionarlo. Había asuntos más importantes. Abel se aprovechó una vez más de la luz de la farola para mirar la hora. Aún le quedaban unos siete minutos y medio. Abel se miró en el espejo del baño. Estaba quebrado, pero de ...

Buenas noches

Marta pone la mano en el interruptor de la luz del baño. Fija su vista en su habitación. Está a siete pasos, tres si son largos, y la puerta está abierta. La luz de la lámpara en su mesilla le indica su meta.      Inspira hondamente un par de veces. Puede hacerlo. Ya lo ha logrado otras noches. Todas, de hecho. Tres zancadas y llega a su cuarto. Con un salto está sobre su cama. Con una mano coge sus sábanas y tira de ellas hacia arriba y hacia su cabeza. Con la otra apaga la luz. Y por fin puede volver a dormir.      Es un plan infalible y a prueba de oscuridad.      Una respiración más para calmar sus nervios y Marta está preparada. Apaga la luz del baño con un solo gesto. Antes de que ésta se extinga del todo, ya está terminando de dar su primera zancada. Las dos siguientes son ágiles y las completa sin tropezarse. Salta en la cama. Con una mano coge sus sábanas, pero se deslizan entre sus dedos. Con la otra, acciona el interruptor de lámpa...

Tradición familiar

Con el corazón a mil y sin aire en mis pulmones, conseguí llegar a la buhardilla de la casa de mis padres. Prefería no pensar en cómo lo había logrado, ya que era probable que jamás pudiera volver a llegar a ese rincón una vez bajara de nuevo. Miré a mi alrededor. Un solitario haz de luz iluminaba aquel lugar. Las motas de polvo flotaban sin alterarse por mi presencia. Todo parecía estar decorado con telas de araña, aunque no había ni rastro de sus creadoras. Sentado con las piernas colgando en el agujero que hacía de entrada a la buhardilla, no sabía muy bien por dónde empezar. Siendo sinceros, tampoco sabía muy bien qué estaba buscando exactamente. Muebles antiguos y cajas cargadas de recuerdos eran lo único que habíamos guardado con el paso de años. Agarré mi bastón y di con la empuñadura tres toques al suelo. No hizo mucho ruido, pero la reverberación lo exageró en demasía. Qué incrédulo había sido al pensar que podría haber andado con libertad por esa zona de la casa. Resoplé ...