Diecisiete años
El sol sobre mi cabeza me estaba provocando jaqueca. El sendero que estaba recorriendo apenas tenía árboles que pudieran dar una sombra decente. Había esperado al atardecer, pero el calor no había dado tregua. Las cigarras amenizaban la caminata con su incesante canto. El chirriante sonido reavivó los recuerdos. —Hay un tipo de cigarras que emerge del suelo cada diecisiete años. —¿Cómo demonios sabes eso? —pregunté, riéndome por el absurdo dato. —Lo habré leído en alguna parte —dijo, encogiéndose de hombros. No pude responder. Algo chocó contra nuestro coche, destrozándolo con nosotros dentro. Desperté días después, drogado hasta las cejas y aun así sintiendo dolor. Llegué a la cima, donde terminaba el sendero. Abrí mi mochila y saqué la urna con sus cenizas. Se levantó el viento, y se llevó sus restos por todo el valle. Las cigarras se despidieron de él sin dejar de tocar su canción.